Mañana empiezo: cuando posponer no es simple falta de voluntad

¿Cuántas veces hemos dicho “mañana lo hago”, aun sabiendo que podíamos comenzar hoy? La frase parece inofensiva y hasta razonable, pero muchas veces termina siendo una manera de apartar aquello que nos incomoda. Durante un momento es posible sentir alivio, aunque la tarea continúa esperando, después regresa acompañada de más presión, preocupación y culpa por no haberla iniciado.

Procrastinar no significa simplemente dejar algo para después. Consiste en retrasar voluntariamente una tarea que había decidido realizar, aun cuando sé que la demora puede perjudicarme. Cambiar una fecha por cansancio, falta de recursos o una prioridad urgente no necesariamente es procrastinar. Por eso, no todo aplazamiento debe interpretarse inmediatamente como pereza, irresponsabilidad o falta de voluntad. La diferencia está en las razones, la conciencia y las consecuencias del aplazamiento.

Entonces surge la pregunta que guiará esta reflexión: ¿todo lo que dejamos para después es procrastinación? ¿Cómo puedo saber si estoy haciendo una pausa necesaria o si he cruzado la delgada línea que separa una decisión consciente de una excusa para dejarlo para mañana? Quizá la respuesta no esté solamente en aquello que pospongo, sino en lo que intento evitar cuando decido no comenzar.

Infografía sobre procrastinación: entre 80% y 95% de universitarios procrastina ocasionalmente, cerca del 75% se identifica como procrastinador y aproximadamente el 50% lo hace de manera constante.

La frecuencia de la procrastinación varía según la población y la forma de medirla.

Una palabra antigua para una conducta conocida

Nuestra manera cotidiana de hablar siempre pareció adelantarse a su tiempo. Frases como “me la di de fresco”, “como siempre, dejé todo para última hora”, “¿cuál es el apuro?”, “hoy me dio pereza” o “me ganó la flojera” describían una conducta que ya era ampliamente conocida. Lo único que cambiaba era la forma de nombrarla y la manera en que tratábamos de explicarla.

Aunque parezca extraño, la palabra procrastinar existe desde tiempos muy antiguos. Lo que ocurre es que últimamente se ha vuelto frecuente entre psicólogos, influencers, redes sociales y autores de libros de autoayuda, motivación y productividad. No se trata, por tanto, de una expresión reciente ni de una palabra sofisticada utilizada para alardear de conocimientos. Proviene del latín procrastināre, que significa aplazar o diferir algo para el día siguiente. Su origen confirma que postergar obligaciones no nació con los teléfonos inteligentes, las plataformas digitales ni el acelerado ritmo de la vida moderna.

Sin embargo, disponer de un término más preciso nos permite observar el problema con mayor profundidad. Antes podíamos calificar rápidamente a alguien, o calificarnos a nosotros mismos como flojo o irresponsable. Hoy podemos reconocer que detrás del aplazamiento también puede haber cansancio, saturación, temor al fracaso, inseguridad o falta de claridad para comenzar. Comprender estas diferencias no significa justificar todo incumplimiento; significa intentar descubrir qué nos detiene antes de emitir una condena.

Infografía sobre el origen de la palabra procrastinar; del latín procrastinare, que significa aplazar o diferir algo para mañana, hasta su incorporación al español.

La palabra procrastinar proviene del latín procrastinare. Aunque su uso se ha popularizado recientemente, la conducta de aplazar obligaciones existía mucho antes de las redes sociales.

El alivio del momento frente al peso de lo pendiente

Cuando decidimos aplazar una actividad sea de carácter personal, laboral, recreativo o de cualquier otra índole, generalmente buscamos alejarnos de la incomodidad que nos produce comenzarla o terminarla. No siempre se trata de una decisión completamente razonada; en ocasiones respondemos casi automáticamente ante aquello que nos abruma, nos desagrada o nos hace dudar de nuestra capacidad. Postergar nos proporciona entonces una tranquilidad transitoria; mientras apartamos la tarea, sentimos que también nos liberamos, al menos por un momento, de la responsabilidad que representa. La procrastinación no aparece únicamente cuando evitamos comenzar algo, también puede presentarse cuando interrumpimos lo que ya habíamos iniciado y dejamos su finalización para otra ocasión. Confieso y sin ninguna pena o vergüenza, que a veces he caído en esa practica. He retardado, paralizado o demorado alguna actividad mas de una vez en la vida. Si, he procrastinado.

Muchas veces interpretamos ese aplazamiento como una consecuencia del cansancio, y es aquí donde quiero detenerme porque existe una línea muy delgada entre descansar y evadir. Ambas decisiones pueden parecer iguales desde afuera; en los dos casos la actividad se interrumpe y queda pendiente. Sin embargo, no responden necesariamente a las mismas razones ni producen los mismos resultados. Tomarse un descanso cuando el cuerpo, el estado emocional o las circunstancias lo exigen no debería ser cuestionable; por el contrario, puede ser necesario para recuperar fuerzas, ordenar las ideas y regresar con mayor claridad. El problema aparece cuando ese descanso pierde sus límites y comienza a esconderse detrás de expresiones como “me da flojera”, “después lo hago” o “todavía tengo tiempo”. Entonces, la delgada línea entre descansar y aplazar se transforma en una frontera cada vez más difícil de cruzar.

Lo postergado no desaparece, se acumula. Esta relación entre el alivio inmediato y sus consecuencias posteriores fue examinada por Dianne Tice y Roy Baumeister en dos estudios publicados en 1997 por la revista Psychological Science. Al comienzo del semestre, los estudiantes que procrastinaban manifestaron menos estrés y menos síntomas de enfermedad que quienes adelantaban sus obligaciones; sin embargo, al aproximarse las fechas de entrega, presentaron mayor estrés, más problemas de salud y calificaciones mas bajas. Los investigadores describieron la procrastinación como un comportamiento con beneficios a corto plazo, pero con costos elevados a largo plazo. Es entonces cuando la tranquilidad temporal comienza a desaparecer y surgen preguntas como “¿por dónde comienzo?” o “¿por qué no lo hice antes?”. Al contemplar tantas tareas pendientes, cada una con sus propias dificultades, el alivio inicial deja en su lugar desorden, presión y culpa. Aquello que evitamos para sentirnos tranquilos hoy puede convertirse precisamente en la causa de nuestra angustia mañana.

Mujer sentada frente a una libreta mientras varias tareas y documentos continúan acumulados detrás de ella.

Lo que se posterga no desaparece, al contrario se acumula.

Descansar o evadir: la diferencia está en el regreso

¿Cómo puedo saber si necesito descansar o si solamente estoy evitando una responsabilidad? Para mí, la diferencia no está únicamente en detenerme, sino en lo que hago después. Una pausa necesaria tiene límites, responde a una necesidad real y me permite regresar con mayor claridad. La evasión, en cambio, se prolonga sin una fecha concreta, inventa nuevas razones para no volver y convierte el “más tarde” en una respuesta permanente.

Antes de aplazar algo, puedo hacerme tres preguntas sencillas: ¿por qué necesito detenerme?, cuándo voy a continuar? y cuál será la primera acción al regresar? Si puedo responderlas con honestidad, probablemente estoy tomando una pausa consciente. Pero si no encuentro una razón clara, evito establecer un momento para volver o siento que cualquier otra actividad resulta más atractiva, debo reconocer que quizás estoy huyendo de la incomodidad que me produce comenzar o continuar.

Reconocerlo no significa castigarme ni repetirme que soy flojo o irresponsable. Esas etiquetas pueden aumentar la culpa sin ayudarme a resolver lo pendiente. Lo verdaderamente útil es identificar el obstáculo: cansancio, miedo, desinterés, inseguridad o falta de claridad. Cuando comprendo qué me detiene, puedo decidir si necesito descansar, pedir ayuda, reorganizar la tarea o comenzar con una acción pequeña. Recuperar el control no siempre exige terminarlo todo; a veces ese control se recupera simplemente con volver.

Mi perspectiva: comenzar también es una decisión

He comprendido que esperar el momento perfecto para comenzar puede convertirse en otra manera de aplazar. Siempre habrá cansancio, preocupaciones, distracciones o razones aparentemente válidas para dejar algo para mañana. No se trata de ignorar nuestras limitaciones ni de exigirnos un rendimiento permanente, sino de aprender a reconocer cuándo necesitamos una pausa y cuándo estamos utilizando esa pausa para evitar aquello que nos incomoda.

También he entendido que una tarea no tiene que resolverse completamente en el primer intento. A veces basta con abrir el documento, ordenar el escritorio, escribir una línea o dedicar algunos minutos a lo pendiente. Esa primera acción no elimina todas las dificultades, pero rompe la inmovilidad y devuelve la sensación de control. Comenzar de manera imperfecta puede ser más útil que esperar indefinidamente las condiciones ideales.

Por eso, no considero que todo aquello que dejamos para después sea procrastinación. La diferencia aparece en nuestras razones, en las consecuencias y, especialmente, en nuestra disposición para regresar. Descansar es necesario; evadir indefinidamente termina convirtiendo el alivio de hoy en la carga de mañana. Tal vez la pregunta no sea únicamente por qué dejamos algo pendiente, sino ¡Cuánto tiempo estamos dispuestos a permitir que una excusa decida por nosotros.?

Hasta la próxima.!


  1. Real Academia Española (RAE). “Procrastinar”. Diccionario de la lengua española. Definición: diferir o aplazar. Procedencia: del latín procrastināre.
    https://dle.rae.es/procrastinar
  2. Tice, D. M. y Baumeister, R. F. (1997). “Longitudinal Study of Procrastination, Performance, Stress, and Health: The Costs and Benefits of Dawdling”. Psychological Science, 8(6), 454–458.
    https://www.psychologicalscience.org/journals/psychological-science/j.1467-9280.1997.tb00460.x/
  3. Steel, P. (2007). “The Nature of Procrastination: A Meta-Analytic and Theoretical Review of Quintessential Self-Regulatory Failure”. Psychological Bulletin, 133(1), 65–94.
    https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/17201571/
  4. Beutel, M. E., Klein, E. M., Aufenanger, S. y colaboradores (2016). “Procrastination, Distress and Life Satisfaction across the Age Range: A German Representative Community Study”. PLOS ONE, 11(2), e0148054.
    https://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371/journal.pone.0148054


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